Cerrar un año también es cerrar versiones de una misma
Hay textos que no enseñan, pero sostienen.
12/31/20252 min leer


Sin duda, enfrentar los miedos implica soltar viejos hábitos.
Implica mantener la calma, cultivar la serenidad y aprender a estar más contigo.
Ir más despacio.
Y sí, esto aplica para todo en la vida.
No soy de hablar por hablar ni de repetir lo mismo de siempre.
Pero si algo tengo claro es que este año nos obligó a ser más resilientes… y, sobre todo, a recordar cosas que habíamos olvidado.
Hoy no solo despido un año.
Hoy despido una versión de mí.
Despido a una Nathalie con creencias limitantes, con decisiones apresuradas, con la necesidad constante de ir deprisa, de llegar primero, de arrasar con todo sin detenerse a sentir, a vivir, a disfrutar… ni siquiera una hamburguesa cuando salía a distraerse.
Esa Nathalie no se borra.
Se queda conmigo como recordatorio de lo valiente que he sido, incluso cuando me dejé arrastrar por la corriente del “corre que llegas primero”.
Pero me cansé.
Hoy miro mi pasado —que no es más que una construcción del tiempo— y me doy cuenta de algo simple y doloroso a la vez:
nunca me detuve, nunca me abracé, nunca validé cuánto sentí.
Siempre pensé “ya pasará”.
Y sí, pasó… pero dejó huella.
Hoy le digo adiós a una Nathalie que me dio mucho, pero que también me desgastó como si hubiese vivido cien años.
No puedo —ni quiero— seguir pensando y viviendo igual.
Hoy respiro con gratitud.
Con amor por mí, por mi vida y por todo lo que he logrado en todas las áreas, incluso cuando no era consciente de ello.
Doy las gracias a quien fui.
Porque también fue la marca clara de lo que ya no quiero ser.
Hoy me despido de vivir corriendo, de la autoexigencia constante, de la carencia hacia mí misma.
Me despido de no dormir, de ignorar señales, de no cuidarme.
Doy gracias por recordar lo que había olvidado:
mis gustos, mis sueños de niña, la necesidad de sanar heridas que cargué —sin darme cuenta— durante más de 30 años.
Hoy me despido de mis limitaciones, sabiendo que puedo llegar muy lejos… pero desde la paz.
Me despido de las turbulencias emocionales creadas por pensamientos catastróficos.
Me despido del estrés, de la urticaria, de los ataques de pánico.
Me despido de estos 365 días que se fueron en un suspiro y, al mismo tiempo, duraron una eternidad.
Mi reencuentro está a pocas horas.
Y llega con la valentía que este momento histórico de mi vida merece.
Bienvenida a la vida, Nathalie.
Bienvenida a vivir.
